Carro limpio, conciencia sucia

La aspiración ya verificada del exhibicionismo femenino de enseñar cada una de sus partes se ha convertido furiosamente en una categoría más de la industria de la carne. Es una cosa que se sabe: cuerpos-res degollada, horario prime time extendido y familiar. La idea de “lo femenino” independiente de sus determinaciones biológicas (hembra) ha pasado a ser un delicioso alimento, agradable y económico, útil en cualquier circunstancia. Porque ¿qué son las pequeñas escorias del orden al lado de sus voluptuosas ventajas? Escotes, camisetas mojadas, planos en cámara lenta acentuando la curva atmosférica de un seno suave y bien modelado aunque un poco caído, faldas vertiginosamente subidas al borde de la entrepierna cubierta por lencería costosa y sensual, todo esto indispensable para estar a tono con ciertos estatus gráficos, con cierta mundana infantilización del erotismo que segrega a la mujer de una responsabilidad social más amplia. En este universo de euforia sorda, la popularidad enmascara el tugurio. Es una realidad tan profunda que impone a la vida su decorado y sus características, en apariencia, más sanas.

Baste ver la publicidad automotor de los comerciales televisivos. Una representación casi de guiñol se abre paso con clichés irreales, “más caballos de fuerza, más poder”. El carro es masculino y mitológico (imágenes de tornados y de relámpagos que deja a su paso, él es el tornado y el relámpago, todos los caballos y toda la fiereza) adquiriendo un valor de virtud soberbia e inútil sólo por la publicidad que se le confiere y por el capricho de ostentación triunfante, sofística, con altas dosis de fanfarronería cinematográfica que bien puede servir como portada para un catálogo de salchichas: “lleve su perro caliente que sube montañas.” Es un relato gnóstico de la fusión entre mecánica y naturaleza, de antropomorfismo sexual y siniestro que se manifiesta en los shows públicos que dispone para su limpieza.

Nadia Granados utiliza el kid de lavado –agua, una cubeta, un trapo, su cuerpo lentamente desnudado– y el carro mismo, a secas, que va formulando preguntas sutilmente agresivas usadas para la solicitud de visas, becas o entrevistas de empleo. El organismo humanizado de este vehículo adquiere todas las características del amo dominante y abusivo. La mulata latina lo limpia con el trapo sin decir una palabra de vuelta, operándose poco a poco en ambos un intercambio de flujos: la pureza de su piel se traslada a la acerada capa del vehículo hasta dejarlo en estado de gracia, mientras su propio cuerpo va enfundándose con la costra negra de la mugre quitada. Es uno de esos actos simples de tragedia mágica: transustanciación de los espíritus de la apariencia en donde la suciedad natural del auto empantana la belleza, la deforma, roba su esencia para adquirir un brillo de tapicería y un acabado de porcelana.

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Nadia ha conseguido esta vez una figura completa. Su franqueza no se detiene púdicamente en ningún umbral ni en retóricas feministas autoproclamadas. La sugestión que provoca no es de ornamento. Es de hecho un rasgo constitutivo del arte de acción, abrir una cicatriz de imagen donde antes no había más que prejuicio, sin necesidad de Larousse que ilumine la metáfora.

Presentado en el festival RIAP en Québec (Canadá) durante el 2012, y luego como parte del proyecto Cabeza de ratón de la fundación Gilberto Alzate Avendaño, en Colombia, 2013, ganador además de la beca Franklin Furnace para creadores, en New York, Carro limpio, conciencia sucia es un retrato alusivo de aquella condición de inferioridad en la que todavía están las mujeres bajo relaciones jurídicas estereotipadas: el hombre sojuzga a la mujer reduciéndola a un mero órgano cardiaco, que bien puede ser compensado de las vejaciones recibidas siendo complaciente con el hombre-macho. Muchas latinas jóvenes se ven sometidas a cuestionarios-interrogatorio que nada tienen que ver con sus cualidades o sus calificaciones aprobadas, como si en lugar de una entrevista de trabajo se tratara de ir al ginecólogo, como si se postulara para ellas una condición parasitaria, una libertad aislada bajo la mirada exterior del hombre, desexualizándola.

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