El cuerpo despolitizado

texto para la III bienal de arte de Bogotá sobre Nadia Granados.

próximo performance el 24 de junio y 8 de julio entre 6:00 y 7:00 pm,

fundación Gilberto Alzate Avendaño.

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Vale Svalilla

Alguna vez sería necesario intentar un psicoanálisis histórico de las iconografías omitidas, porque a menudo, a pesar de su ruido, de su popularidad enjabonada, no sobrevuelan lo discreto. Son como un cuento famoso que todo el mundo conoce pero que en verdad nadie ha leído. En el fondo, sin misterio, su acción revolucionaria es procurada: de ahí el carácter de prestado que tiene su función, ese algo de un tanto rígido y un tanto aplicado, de confuso y de excesivamente simplificado que marca toda conducta artística que se funda abiertamente en lo político. Su significado no es más ni menos que su función: prostituta, teta, culo, leche (o fluido, para usar una expresión más a tono), no van más allá de su conocida acepción erótica sino para dejar de significar por sí mismas o significar otra cosa, la cosa que son: mujer, cuerpo, orgasmo (o su representación).

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Nilton Melgar

Nadia Granados parece tener esa rara cualidad plástica para engendrar metáforas ambiguas, aunque haya brusquedad en su ejecución.  Derramada parte de una olla de metal, abollada, puesta sobre una columna de ladrillos sostenidos en equilibrio precario, el falo cabezón, y la chica que espera ante él, como si lo tuviera adentro, el estallido hirviente de su excitación para después lamerlo del piso. Incluso sin haberse calentado la leche, sin que la mujer haya perdido todavía la peluca –porque la pierde, dejando ver así su condición de objeto, de muñeca calva en una vitrina interactiva–, todo el acto es en sí un derrame incesante, una hemorragia o, si se prefiere, una evaporación. Una eyaculación de lechosa muerte infecunda.

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Enrique escorza

La despolitización interviene ya en el doble carácter de su composición: por una parte es el objeto representado, lo encarna, lo que es ya esencialmente político; y por la otra está la gran cantidad de naturaleza artificial que anula, a su vez, el peso político. Deja de ser una cosa que era para convertirse en otra. Joseph Brodsky escribía que “la belleza es donde descansa el ojo. El sentido estético es gemelo del instinto de conservación, y es más merecedor de confianza que la ética.” De manera que, pensado así, la fuerza de aquello que se ve es más importante que su significado, el significado indisoluble de lo que se ve y, al mismo tiempo, independiente de ello.

Otra cosa es, aunque no  muy lejana, Carro limpio, conciencia sucia. Una mulata latinoamericana recibe en su cuerpo la mugre del abuso mientras lustra un símbolo de autoridad. Este carro, además, habla. Formula preguntas sutilmente agresivas usadas para la solicitud de visas, becas o entrevistas de empleo. La metáfora es amplia; su ejecución, no tan buena, como algunas no tan buenas páginas de hermosos libros que, sin embargo, como aquellas páginas no tan buenas es efectiva, se entiende. Encontramos en ella una permutación paradójica de las operaciones interpretativas: el auto es también el falo de ladrillos con el borde de leche, ahora parlante, y la mujer ha modificado su tarea.

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En El culo que habla, por otra parte, hay una acumulación progresiva, si no del mismo significado, al menos de su intención. La masculinización de la mujer al resaltar en ella lo que los hombres gozan de ver. Como respuesta, un cabaret perverso, un streaming (un chat desfachatadamente cruel) y una inversión doble de papeles: somos ella por un momento mientras bailamos salsa con él. Y luego somos él, por la magia simple de ser espectadores, durante el chat que es la escena última del cabaret. La idea es constante y transversal, libre de sinuosidades callosas. Y su imagen clara deviene en escritura al volverse significativa.

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